Por Lic. César Fragoso
Asesor inmobiliario
La República Dominicana cerró el año 2025 con una cifra que, en apariencia, debería llenarnos de optimismo: más de cinco mil millones de dólares en inversión extranjera directa. Sin embargo, al mismo tiempo, el crecimiento económico fue de apenas un 2.1%. Esta combinación, lejos de ser una simple estadística, debe invitarnos a reflexionar con seriedad sobre la forma en que estamos utilizando los recursos que llegan al país.

Porque atraer inversión es importante. Pero convertirla en desarrollo real es lo verdaderamente decisivo.
Durante los últimos cinco años, nuestro país ha mantenido un flujo constante y creciente de capital extranjero. Desde la etapa posterior a la pandemia hasta hoy, la República Dominicana ha sido vista como un destino estable, con seguridad jurídica relativa, buen clima de negocios y atractivo turístico. Esa reputación ha permitido que cada año lleguen más recursos para proyectos productivos.
Sin embargo, cuando analizamos hacia dónde se ha dirigido gran parte de esa inversión, encontramos un patrón claro: turismo, energía y bienes raíces vinculados al desarrollo turístico e inmobiliario. Hoteles, complejos residenciales, proyectos de segunda vivienda, desarrollos para renta corta, parques energéticos y grandes infraestructuras privadas.
Desde el punto de vista empresarial, esa concentración tiene lógica. Son sectores rentables, con demanda internacional y con incentivos históricos. Pero desde el punto de vista del desarrollo nacional, plantea un desafío: muchos de estos proyectos requieren largos periodos de maduración antes de impactar plenamente la economía.
En el sector inmobiliario, por ejemplo, un proyecto puede pasar varios años entre adquisición del terreno, permisos, diseño, financiamiento, construcción y comercialización. Durante ese proceso se genera empleo y movimiento económico, sí, pero el impacto más fuerte llega cuando el proyecto entra en operación estable y se integra a la dinámica local.
Por eso, gran parte de la inversión que entró en 2023, 2024 y 2025 todavía está en fase de consolidación. Está sembrada, pero aún no se ha cosechado completamente.
Aquí es donde muchos se confunden. Suponen que porque entran miles de millones de dólares, el crecimiento debería dispararse automáticamente. Y no funciona así.
La inversión no es un interruptor que se enciende. Es un proceso.
Otro factor importante es que una parte significativa de la inversión extranjera llega en forma de compra de activos, reinversión de utilidades o pagos anticipados de equipos y estructuras. Todo eso cuenta como inversión, pero no siempre se traduce inmediatamente en producción, consumo o expansión del mercado interno.
A esto se suma un elemento clave: la debilidad del efecto multiplicador.
Cuando la inversión pública y privada se concentra en sectores con pocos encadenamientos locales, el impacto se diluye. En cambio, cuando se impulsa la construcción masiva, la vivienda de interés social, la infraestructura vial, los parques industriales o los proyectos productivos locales, el dinero circula con más fuerza dentro del país.
En 2025, ese efecto multiplicador fue limitado.
La construcción tradicional perdió dinamismo, muchos proyectos se ralentizaron por costos financieros, tasas de interés y cautela empresarial, y el consumo interno se movió con más prudencia. Todo eso contribuyó a un crecimiento moderado, a pesar del alto nivel de inversión.
En el sector bienes raíces esto se sintió con claridad. Aunque hubo grandes anuncios, lanzamientos de proyectos y llegada de capital, también hubo retrasos, reestructuraciones, preventas más lentas y mayor selectividad del comprador. El mercado se volvió más exigente. Ya no bastaba con un render atractivo; se pedía respaldo, trayectoria y seriedad.
Y eso es sano. Porque un mercado inmobiliario sólido no se construye sobre especulación, sino sobre confianza. Ahora bien, ¿significa esto que estamos mal encaminados? No necesariamente. Significa que estamos en una etapa de transición.
Gran parte de la inversión recibida en los últimos años está comenzando a entrar en fase productiva. Proyectos turísticos que abren, desarrollos residenciales que se entregan, infraestructuras energéticas que entran en operación, nuevas zonas que se consolidan.
Todo eso empieza a reflejarse con mayor fuerza en el ciclo económico.
Por eso, hacia 2026, las expectativas apuntan a una recuperación del ritmo de crecimiento, siempre que se den tres condiciones fundamentales.
Primero, una mayor ejecución eficiente de la inversión pública, enfocada en obras que generen encadenamientos reales. Segundo, mejores condiciones de financiamiento para el sector productivo y para la vivienda, que reactiven la demanda interna.
Tercero, una consolidación responsable del sector inmobiliario, con proyectos bien estructurados, títulos claros, transparencia financiera y orientación a largo plazo.
Si estas piezas encajan, el país puede volver a crecer cerca de su potencial.
Pero si seguimos concentrando inversión sin integración productiva, corremos el riesgo de tener cifras grandes con resultados pequeños. La gran lección de estos últimos años es clara: no basta con atraer capital. Hay que dirigirlo bien.
En bienes raíces, esto implica apostar por desarrollos que generen comunidad, empleo local, servicios, comercio y calidad de vida, no solo metros cuadrados.
En turismo, implica integrar más proveedores nacionales.
En energía, fortalecer su impacto en costos y competitividad.
En finanzas, apoyar al productor y al emprendedor.
Porque el verdadero desarrollo no se mide por el monto que entra, sino por el bienestar que se queda. Y ahí está el reto que tenemos por delante.